Hasta que nuestros destinos ardan en una misma llama - Capítulo 4
—Así que aquí venías a diario —dijo
Shibuya caminando entre las butacas de la pista de hielo con las manos en los
bolsillos.
Kouji apenas lo miró de soslayo
mientras él hablaba. No respondió. Su vista estaba al frente, observando a
Hinagiku patinar.
—Así que todo se resume a una chica
—insistió Shibuya—. Es bonita.
—Lo es —respondió Kouji con el mismo
temple de siempre.
—Takasaka me dijo que estabas dejando
el trabajo para salir a las cuatro, sin importar si estaban o no en medio de
algo.
—Continuaré mañana.
—Ese no es el punto, Kouji —dijo
Shibuya—. Hay contratos que cumplir y…
Kouji se fue al frente cuando
Hinagiku salió de la pista, dejando a Shibuya con las palabras en la boca. Lo
vio acercarle un termo con agua a la muchacha mientras hablaba con ella. Pero
podía ver algo más que le molestaba de Kouji al estar ahí: sus ojos cambiaban
por completo. No era el Kouji que se enredaba con una mujer bonita y cogía
hasta que se aburría de ella. No, su mirada siempre se veía vacía, aunque sus
actos dijeran lo contrario. Pero ahora, era diferente. Sus ojos se veían más
cálidos, como si de verdad significara algo para él.
—Esto no va a terminar bien —suspiró
preocupado de lo que pudiera salir de eso.
Kouji era propenso a los escándalos
y hacer lo que le saliera del alma sin preocuparse por absolutamente nadie más
que él. Y… en parte. Shibuya ni siquiera estaba seguro de que Kouji se
preocupara por sí mismo. Por el contrario, era autodestructivo, bebiendo,
fumando y teniendo sexo como si eso fuera a llenar algo en él. De no ser porque
él se preocupaba por su bienestar, creía que Kouji ya estaría muerto en una
zanja hacía mucho tiempo.
Era más bien, alguien que se dejaba
llevar por sus impulsos. Ni siquiera un deseo o una necesidad, si no, esa voz
que lo enviaba a hacer algo que sabía que iba a terminar mal, pero el
resultado, no le interesaba en lo absoluto. Si era bueno, si era malo, le era
indiferente en lo absoluto.
—¡Hola! —se acercó Shibuya
sonriendo. Rodeó a Kouji por el cuello con su brazo izquierdo haciendo que se
inclinara hacia delante—. Soy amigo de Kouji, Shibuya Katsumi —se presentó—.
Este idiota ya te está acosando ¿no?
Hinagiku se quedó mirándolo un poco
sorprendida por la forma en que lo trataba y el disgusto de Kouji en la mirada.
Él se quitó el brazo de Shibuya de encima y se acomodó el cabello largo.
—Satou Hinagiku —respondió ella con
una leve reverencia—. Somos compañeros de clase —explicó ella—. Y Nanjou-san
sólo ha estado acompañándome estos días —dijo con una sonrisa.
Las mejillas pálidas de Kouji se
vieron de un rosado claro que él intentó esconder con sus manos al sentir el
calor en su cara. Ver esa expresión de ella había hecho saltar a su tonto
corazón como si fuera atleta olímpico.
—Si te molesta, no dudes en
decírmelo. Me encargaré de llevarlo lejos —dijo Shibuya.
Hinagiku lo miró y miró a Kouji que
se notaba un poco irritado a ese punto.
—Deja de decir esas cosas —dijo
Kouji.
—¡Satou! —la llamó Tarou, que, en
esta ocasión, ya estaba junto a Yoshikata, el coreógrafo de Hinagiku—. No
tienes tiempo que perder cuando falta tan poco para el Torneo en Alemania.
Hina le devolvió el termo a Kouji y
volvió a la pista a seguir practicando. En tres días, tendría que viajar a
Alemania para El Challenger series: el Nebelhorn Trophy. En realidad, en esta competición, podía
elegir en qué serie podía participar. Pero con Olimpiadas canceladas para ese
año, Tarou había decidido que fuera por todo. Si Hinagiku quería llegar a la
cima, quería que sintiera la exigencia máxima del esfuerzo ahora. Y la
realidad, era que la serie más exigente en el patinaje era la alemana. Los
jueces alemanes eran conocidos por ser infames por todo, desde lo más
importante como la rotación en un salto hasta cómo el canto del filo caía sobre
la pista. Si ella lograba superar eso, iba a estar lista para cualquier cosa.
Tarou sabía bien que, si ella
lograba salir entre las mejores en el Nebelhorn sin que él perdiera la voz a
gritos, Hinagiku estaría lista para cualquier cosa en el Grand Prix: esta era
su prueba de fuego.
—¿Quiénes son ellos? —preguntó
Shibuya mirando a Tarou que no paraba de hacer correcciones a Hinagiku.
—El que grita es su entrenador. El
otro hombre es el coreógrafo.
—Deberías aprender un poco de su
disciplina —se cruzó los brazos viendo la dedicación que le ponía ella a cada
paso.
Ojalá Kouji se tomara tan en serio
todo su trabajo como ella se tomaba una competición. Hasta quería que le
contagiara un poco de esa responsabilidad.
—Tienes una entrevista en dos horas
—le recordó. Al fin y al cabo, lo había seguido para recordarle de su trabajo y
para conocer su nuevo vicio… aunque nunca esperó que fuera una mujer. Pensó que
simplemente, se estaba escabullendo a perder el tiempo o a beber con alguien.
Y esto era más complicado, porque no
parecía ninguno de sus ligues habituales.
—Iré en cuanto termine.
—Esa no es una opción —rebatió
Shibuya—. Tenemos un horario estricto.
Él seguía mirando fijamente la
pista, centrándose en cada voltereta de ella. En su cabello, el brillo de sus
ojos llenos de pasión y determinación, la gracia de sus manos, todo en ella.
Hubo una breve discusión entre Kouji
y Shibuya. Él insistía quedarse hasta el final de la práctica, mientras que
Shibuya, que debían irse porque tenían trabajo por delante.
Finalmente, Kouji cedió, más que
cansancio que por estar convencido de ello. Pero antes de salir, dio un último
vistazo a la pista de hielo donde ella seguía patinando.
******
La sesión de fotos le llevó toda la
tarde. El encanto de Kouji residía en esa mirada vacía y su actitud
desinteresada del mundo, lo que lo hacía el galán inalcanzable a ojo de
cualquier adolescente… y las mujeres mayores, también. Las fans de Kouji se
desvivían por él, de cualquier edad.
Y él, se había liado con grandes
actrices y modelos, pero nunca había llegado a nada serio. Kouji no tenía
interés en las relaciones ni mucho menos, en mantener alguna a largo plazo. La
gente que estaba su lado, estaba por su cuenta, no porque él hiciera algo para
retenerlos.
Si él se ponía a pensar con
detenimiento, ni sabría hacer un amigo. Y siendo justos, si no fuera por su
atractivo, tampoco sabría cómo ligar correctamente. Las cosas solían llegar y
quedarse o marcharse con la misma rapidez con la que llegaban, pero él no
sabría hacer durar una relación, de cualquier tipo, si dependiera de él.
Pensaba en Hina al reflexionar sobre
eso. Él sabía cómo ligar, qué cosa le gustaban a las mujeres y cómo hacer que
ella cayera rendida a sus pies con sus grandes dotes de actuación. Pero… ¿qué
más necesitaba? Sólo estar juntos sería perfecto, pero… ¿cómo se mantenía eso a
la larga?
Al llegar a casa, se tiró en la casa
pensando en ella. Quería acercarse a Hinagiku, estar con ella, incluso, ser
parte de cada uno de sus entrenamientos. En sí, quería que lo mirase con la
misma intensidad y pasión que mostraba cuando patinaba, como si no hubiera nada
más en el mundo que él.
Se levantó de un momento a otro y
fue hasta la sala donde estaba su piano de cola y se sentó, comenzando a tocar.
El día que nos vimos sentí el abismo y el
remanso
Buscaba una luz sin pensar que ibas a cegarme
Perdiendo el ayer, el hoy y el mañana en tu
nombre
Mientras tu silencio grita dentro de mi alma.
Esta locura, esta violencia,
La marca invisible de tu voz
Este lazo frágil que no se rompe,
Y la condena de pensarte a cada instante.
¿Puede alguien arrancarnos de este fuego?
Quédate a mi lado, no huyas más.
Que tus ojos no se aparten de los míos;
Este amor quema hasta las cenizas de mi pecho.
Abrázame fuerte, que nadie nos separe.
Desafiaría el cielo por tenerte
Y ejecutar este pecado que sabe a gloria si
estás aquí.
Mientras la melodía surgía de sus
dedos e iba anotando la letra y las notas, Kouji se iba dejando llevar por sus
sentimientos. había una sola razón para que el pudiera cantar con ese
sentimiento tan fuerte y vibrante en la voz: y era ella.
Él como cantante, ciertamente, no
tenía mucho qué ofrecer debido a lo monótono de su voz. Kouji cantaba canciones
ajenas y no brillaba porque no sentía ninguna como propia. No le ponía
sentimiento y la cadencia de su voz era la misma desde el inicio hasta el
final.
Pero había algo que lo cambiaba a un
hombre real: cuando cantaba sus propias canciones. El fuego de Kouji vibraba y
consumía todo a su alrededor. La voz, las notas, el sentimiento de tristeza,
anhelo y un amor desesperado estaba ahí, en cada una de sus palabras y se
volvía tan real y sentido que era imposible no cantar esas canciones y
sentirlas propias.
Todo su amor era volcado en sus
canciones, que, sin que nadie lo supiera, eran dedicadas a una sola persona,
esperando que ella las oyera y finalmente, lo viera como el hombre que era.
*******
Al otro día, le avisó a Shibuya que
tenía una canción nueva que quería que escuchara. Pero lo más importante que
tenía en el día no era precisamente el trabajo, sino, ir a la escuela y
encontrarse con Hinagiku una vez más.
Él era su sombra. La seguía en los
descansos, en el almuerzo, en cualquier momento. No le importaba si otras
chicas se acercaban y, de hecho, al ver que normalmente, él pasaba de todas y
ni siquiera les dirigía la mirada, simplemente se habían empezado a alejar y
dejar de intentar acercarse a Kouji y hablar con él. Aunque era difícil decir
que lo trataban como un alumno más en el colegio, podía parecer uno al no estar
rodeado de fans todo el día.
El problema de Kouji llegaba cuando
tenía que hacer las tareas de limpieza en el colegio… y ahí, se encontraba en
blanco. Normalmente, dejaba que alguien más las hiciera por él y sólo se
quedaba ahí, esperando a que terminaran o simplemente, se iba en cuando veía a
Hina marcharse.
La verdadera ventaja que había
tenido ese día es que estaba con Hina y era la única razón por la que
realmente, quería hacer algo de limpieza. No porque quisiera ayudar, sino por
no dejar que ella hiciera todo el trabajo. Aunque él no supiera ni cómo poner
un trapo de piso.
La acompañó hasta el cuarto de
limpieza, del cual, desconocía por completo su ubicación. Él sólo la siguió
como siempre, siendo una sombra de ella.
—¿Eres así con todos? —preguntó
Hina.
—¿Por qué debería ser así con todos?
—respondió él sin entender por qué debería prestarle atención a otras personas.
—Eres raro —suspiró y abrió el
armario—. Pensé que serías… diferente a como te ves en la tele y tus
conciertos. Pero estás a otro nivel de diferente —agregó ella sacando las cosas
que necesitaban.
Buscó el banquito para poder sacar
los productos de limpieza de la alacena superior, pero no alcanzó y al intentar
pararse de puntitas, una de las botellas se cayó y casi golpea a Hina en la
cabeza de no ser por los rápidos reflejos de Kouji.
Sin pensarlo, él la había rodeado
por la cintura mientras que, con su otra mano, sostenía la botella.
—¿Estás bien?
Ella asintió con la cabeza dándose
cuenta de la cercanía que tenía con él. Pero Kouji no hizo por separarse de
ella, por el contrario, la apretó contra su cuerpo y le dio un beso en los
labios.
Hina era totalmente inexperta, de
hecho, ese era su primer beso. Y era de nada más y nada menos que de Kouji
Nanjo.

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