Hasta que nuestros destinos ardan en una misma llama - Capítulo 2
A pesar de haber insistido en querer
regresar a la escuela, Kouji era terrible madrugador. Odiaba las mañanas y
realmente, un buen horario para despertarse, según él, podían ser las once de
la mañana. Y si tenía resaca, después del mediodía y más tarde, era lo ideal.
El despertador sonó tres veces y en
las tres ocasiones estuvo tentado a romper el aparato de un solo golpe.
—Odio las mañanas. ¿Por qué deben
poner todo tan temprano? —balbuceó con modorra y el ceño fruncido.
Kouji fue al baño, pensando que el
agua fría iría a despertarlo, aunque lo cierto, es que de solo pensar en ella
sentía que todo valía la pena.
La heladera estaba vacía. Él no
había comprado nada en la noche y Shibuya tampoco había traído nada de comer.
Así que salió así nomás. Sin desayunar. Él cocinar no sabía. Había crecido en
parte con su madre, que no movía un dedo en la casa y en parte, con los Nanjo,
donde los hombres tenían prohibido pisar la cocina. Y Kouji había mantenido esa
regla en casa aun viviendo sin ellos. Nunca había tenido una real motivación
para aprender a cocinar o hacer cualquier tarea del hogar. Siempre podía contar
con Takasaka, Shibuya o lo que pudiera comprar fuera o pedir de delivery. Lo
que fuera estaba bien.
Agarró su maletín y se subió a su
motocicleta. Se acomodó el casco y encendió de camino a la escuela. El hecho de
que en las escuelas no permitieran vehículos como ése, no era algo que le
importara a Kouji. Realmente, la escuela no le importaba en lo absoluto.
A sus 16, ya había dejado la escuela
en su momento. Era demasiado con el trabajo y todo lo que el mundo del
espectáculo exigía de él. Y ciertamente, Kouji no tenía interés en ir a la
universidad. Así que, entre estudiar y trabajar, lo menos fastidioso era
trabajar. Y la verdad, es que también lo hacía solo cuando tenía ganas o cuando
Shibuya se ponía más intenso de lo normal y debía cumplir con sus obligaciones.
Pero como siempre, a sus términos.
Shibuya siempre se quejaba de que
Kouji no trataba a nadie como personas, sino más bien, como un obstáculo que le
impedía disfrutar del día a día.
En el camino, se detuvo en un puesto
de fideos para desayunar. Con eso, Kouji llegó media hora tarde al colegio. La
puerta estaba cerrada y no había nadie que abriera la reja, pero a él no le
importó. Tiró el maletín por arriba y luego, trepó para llegar al interior,
dejando la moto aparcada en la entrada.
Entró y buscó una taquilla para
cambiarse los zapatos antes de entrar. No era nada nuevo para él. Sin embargo,
hubo algo que lo hizo espabilar del oprobio matutino: el tablón de anuncios.
Apenas dejar las taquillas atrás,
había un enorme tablón con anuncios oficiales de la escuela y, además, las
notas de sus alumnos destacados. Había un recorte de un periódico local con la
foto de ella, recibiendo la medalla de oro del Campeonato de verano. Posaba con
una sonrisa con un gran ramo de flores, luciendo la medalla.
—Sato Hinagiku —pronunció Kouji,
saboreando el nombre en sus labios.
Él habría querido agarrar la nota y
meterla en su maletín, pero uno profesor lo vio y lo llevó hasta su aula.
Al entrar al aula, se presentó y
escaneó con la mirada a los alumnos, encontrando a Hinagiku que también lo
miraba con sorpresa.
Los ojos de Kouji, de un rojo que
estaba más cercano al color tierra, resplandecieron como una llama viva cuando
él intercambio miradas con ella, como si todo su cuerpo reaccionara y en su
mirada, se viera reflejada su alma.
Los alumnos pronto empezaron a
murmurar mientras el profesor acomodaba a Kouji en uno de los pupitres cerca de
la ventana que daba al pasillo de la escuela.
No era algo común que un idol
empezara en septiembre en su clase. Y no podían negar que todos los
estudiantes, tanto los fans como los que no lo eran, estaban entusiasmados de
tener a una celebridad en el cursado.
Estaban casi a la par. El pupitre de
Kouji estaba al lado del de Hinagiku. Hinagiku en una de las filas del centro y
Kouji al lado de ella, separados casi de manera estrecha.
Ella se puso nerviosa e intentó
fijar la vista en el libro una vez más, pero lo veía por el rabillo del ojo,
sacando sus lentes y abriendo su libro en la página que indicaba el profesor.
Hinagiku se quedó mirándolo un
segundo demás. Aunque era una gran fan de Kouji, no sabía que usaba lentes.
Además de algunos lentes oscuros, en sus videos jamás había salido usando unos,
mucho menos en sus conciertos. Pero no podía negar que no le quedaban nada mal.
Ella intentó controlar sus nervios y
prestar atención a la clase, algo que no iba a ser tan simple como pensaba.
Mientras, Kouji ni siquiera
escuchaba al profesor.
En un principio, Kouji no le había
dado importancia a lo que dijo Shibuya sobre que la escuela estaba orientada a
deportes de invierno. Pero, al ver la noticia de Hinagiku, había descubierto
que ella era una patinadora y una muy buena, a decir verdad. Si él hubiese
tenido alguna vez algún interés en el deporte, ¿se habría enterado de ella? Lo
cierto es que Kouji ni siquiera veía las noticias… de ningún tipo. A veces, la
televisión estaba encendida, sólo como ruido de fondo y nada más.
A veces se enteraba de algo por
Shibuya y porque le prestaba atención a Takasaka, pero de ahí, nunca nacía de
su parte saber algo más del mundo. ¿Para qué? ¿De qué le serviría? Ni sus
propios escándalos eran algo que él miraba. De nuevo, se enteraba de ellos por
Shibuya, los cuales venían acompañados de un fuerte regaño.
Para él, la vida de los demás no
sucedía a menos que le chocara encima, de otra forma, lo ignoraría por
completo.
—Oye, ¿qué página es? —le preguntó
en voz baja a Hinagiku.
Ella enderezó la espalda de golpe y
tardó un segundo más en mirar la página de su libro al quedarse mirándolo a él.
No sólo era terriblemente guapo, sino que llevaba la camisa desprendida y se
veía parte de su pecho… ¡y eso también la ponía de los nervios! Se podían ver
sus pectorales. Y parecían firmes. Muy firmes. ¿Se ejercitaba también? Hina no
podía parar de pensar y tampoco, de mirar. ¡¿Quién iba con la camisa así en la
escuela?! ¡Era un pervertido!
—115 —dijo en un tono un poco más
agudo que de costumbre, sintiéndose avergonzada por eso, mientras se tocaba las
mejillas y se regañaba mentalmente por estar nerviosa.
«¡Qué adorable!» pensó Kouji,
agradeciéndole y mirándola con una sonrisa.
La clase se volvió extremadamente
larga para Hinagiku, mientras, Kouji la miraba entre el disimulo y que no le
importaba dirigirle la mirada y que ella se diera cuenta. ¿Por qué se
escondería? Esto había hecho que el pobre y tonto corazón de Hinagiku latiera a
mil por hora sin dejarla relajarse en ningún momento de la clase.
Después de todo, estábamos hablando
de que él era su ídolo y no sólo lo había visto a través de la calle, sino que
ahora, lo tenía de compañero de clases y… era incomodo.
Cuando la campana para el almuerzo
sonó, ella ni siquiera abrió su bolso, lo tomó y agarró de la mano a Mio
saliendo del aula en un santiamén mientras Kouji quedaba con sus otros
compañeros queriendo hablar con él, hacerle preguntas o pedirle autógrafos. Lo
normal.
Él la vio salir por la puerta de
atrás, sin escuchar lo que decían sus compañeros. Sólo había esperado ese
momento para poder hablar con ella y simplemente, había desaparecido de su
vista como si nada.
Por su lado, Hinagiku logró respirar
tranquila al estar fuera, había corrido a la azotea con Mio y el aire fresco le
había hecho muy bien.
—Ahora sí no me vas a impedir
pedirle un autógrafo —le reclamó Mio a Hinagiku.
—No, ve y pídelo —dijo Hina sin interponerse—,
pero no cuentes conmigo.
—¿Por qué? ¿Te hizo algo? —preguntó
preocupada Mio—. Puedo patearlo. Que me guste su música no impedirá que le dé
una golpiza.
Hinagiku se rio.
—¿Y a dónde le llegas? ¿Al pecho?
—se rió.
—Alcanzo sus partes nobles y es todo
lo que necesito.
—Por favor, no lo hagas —pidió
Hinagiku sentándose en el suelo—. Sólo… fue extraño. O sea, estuve nerviosa
toda la clase, porque ¡Es Nanjou Kouji! Pero —dijo mirando a Mio—, sentía que
me estuvo mirando toda la clase. Y fue… incómodo.
—Está bien. Primero, le pediré su
autógrafo y luego, lo patearé por ponerte incomoda. ¿Quién se cree? ¿Crees que
le gustes?
—¡Apenas me vio! No digas tonterías
—se quejó Hinagiku—. Mejor, comamos.
Hinagiku abrió su bolso y sacó su
bento.
—Me olvidé de cargar agua —soltó
Hina—. Iré a comprar. ¿Te traigo una?
—Un café frío —pidió Mio.
Ella asintió y se fue con una
sonrisa. Hinagiku bajaba las escaleras con el ánimo cambiado, hasta que, al
llegar al descansillo, lo vio de nuevo.
Sus ojos volvieron a encontrarse con
esos ojos rojos vibrantes como una llama y sintió que el tiempo se detenía
mientras su corazón saltaba un latido.
—Nanjo-san —murmuró.
—Sí, te estaba buscando, Satou.
—¿A mí? ¿Por qué? ¿Cómo sabes mi
nombre? —preguntó confundida.
—Hay una nota tuya en la entrada de
la escuela.
—¡Ah! Leíste eso. ¿Te gusta el
patinaje? —la mirada de Hinagiku soltó chispas cuando pensó que podía gustarle.
Si había alguien con quien compartir su pasión por el patinaje, era otro
cantar.
—Desde hace unas horas, me encanta.
—¿Unas horas? —Hinagiku repitió
frunciendo el ceño—. Tengo que irme antes de que se acabe el período del
almuerzo —agregó no queriendo alargar la conversación.
—¿Puedo acompañarte?
—No, ve a la azotea mejor —se lo
quitó de encima rápido—. Mio está arriba y quiere tu autógrafo. Yo iré
enseguida —y volvió sobre sus pasos—. Por las dudas, mantente a un metro de
distancia —dijo pensativa, recordando las amenazas de Mio.
Kouji podría haber rechazado eso,
especialmente por la advertencia que lo dejó confundido, pero parecía que Mio
era alguien importante para Hinagiku, así que simplemente, aceptó mientras la
vio desaparecer en el pasillo mientras el subía hacia la azotea.

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