Cicatriz roja
Sólo quedaba encendida una lámpara
de aceite en la habitación. La puerta había quedado cerrada después de ver las
luciérnagas danzando sobre el estanque. No había ruidos más el canto de una
cigarra cerca de su puerta.
La noche había quedado en completa
calma.
Hinagiku se soltó el cabello y se
sentó a peinarse frente al espejo de su tocador. Se iba a quitar el maquillaje
cuando la puerta corrediza se deslizó y la sombra larga se reflejó en las
paredes.
No hacía falta mirar quien era.
Lo sabía.
Era Kouji.
Los pasos pesados en el tatami se
detuvieron detrás de ella. El se quitó las espadas del cinto y se arrodilló
detrás de ella, deslizando las manos por la cintura y ajustándose en su vientre
mientras su cabeza se mezclaba entre sus largos cabellos verdes e inhalaba su
esencia a jazmín y limón.
El aliento cálido de él contra el
cuello la hizo temblar, agarrando las manos pálidas de Kouji, apretándolas más
contra su cuerpo como si quisiera fundirse en él con el tacto, a través de la
tela y el calor de la pasión.
Ella giró su cabeza buscándolo con
la mirada. Y antes de que pudiera decir algo, él la besó de tal forma que la
dejó sin aliento.
El cuerpo de ella quedó recostado en
el suelo mientras Kouji la besaba. El cabello blanco caía como una lluvia
brillante sobre su piel mientras las manos hábiles de Kouji desarmaban el obi
del kimono y dejaban al descubierto la suavidad de su cuerpo.
Kouji se deslizó con sus labios por
la línea de la clavícula y cuando ella le corrió el cabello del rostro, él tomó
su mano y besó sus nudillos con una delicadeza propia de un hombre que guarda
un tesoro.
Los ojos rojos de Kouji destellaron
con un brillo dorado en la penumbra de la habitación.
—Te extrañé —susurró Hinagiku.
Kouji no
apartó el rostro de sus nudillos. Por un instante, el aire pareció detenerse, y
en el rojo intenso de su mirada, destelló una mezcla indescifrable de
cansancio, posesión y una ternura feroz que solo reservaba para ella. Su
respiración se contrajo contra la piel cálida del cuello de Hinagiku,
reconfortándose por fin con la única paz que conocía en medio del caos del
mundo exterior.
—Yo nunca me
voy del todo —murmuró él, con esa voz áspera y profunda que vibraba directo en
el pecho de ella—. Incluso cuando estoy lejos, sigo atado a este lugar... y a
ti.
Su mano libre
se deslizó con lentitud desde la cadera hasta enredarse en los largos mechones
verdes, apartándolos para dejar el camino libre a sus labios, que volvieron a
buscar los de ella en un beso posesivo, hambriento, como si tratara de borrar
de golpe los días de ausencia y la distancia que los había mantenido apartados.
El mundo allá afuera, con sus sombras y sus espadas, dejó de existir; solo
quedaba el calor de los cuerpos, el aroma de su piel y el latido desbocado que
resonaba en el silencio de la noche.
El aire en la
habitación se volvió denso, cargado con el peso de lo que no decían pero que
latía con fuerza entre sus respiraciones. Hinagiku aferró los hombros de Kouji
con una desesperación silenciosa, buscando en la firmeza de su cuerpo un
anclaje contra el tiempo que se le escurría de las manos.
Cada roce de
la piel desnuda bajo la luz parpadeante de la lámpara era un recordatorio de lo
efímero. No había suavidad vacía en sus caricias, sino una urgencia febril,
como si ambos supieran que cada segundo robado a la noche valía una eternidad.
Kouji la recorrió con las manos y los labios con una devoción feroz, intentando
borrar con el calor del contacto el matrimonio impuesto, las sombras del futuro
y la enfermedad que consumía a paso firme el cuerpo de ella por dentro.
Hinagiku
cerró los ojos, hundiéndose en la intensidad de sus besos, dejando que el dolor
físico y la angustia del destino se disolvieran bajo el peso de la pasión. En
ese refugio apartado del mundo, unida a él sin reservas, sintió que el tiempo
se detenía. Si este iba a ser su último refugio, se entregaría por completo a
él, consumiéndose en su fuego antes de que la vida se le apagaras en las manos
equivocadas.
*******
La noticia
había corrido rápido por la mañana. Hinagiku estaba mal de salud y había
empeorado ese día. El padre de ella, había decidido adelantar la boda con el
dainmyo antes de que a ella le pasara algo peor.
El viaje iba
a debilitar su salud, eso era seguro. Pero era un riesgo que estaba dispuesto a
correr por llegar a concretar el matrimonio.
Kouji escuchó
los cuchicheos al pasar, preocupándose por ella. Quiso ir a verla, pero no pudo
pasar entre los guardias y las mujeres que velaban por la salud de Hinagiku.
Cuando la
noche llegó, él logró colarse en la habitación de ella. Lo que vio ahí no fue
la figura esbelta arreglándose el cabello o cambiándose con esa parsimonia
seductora el kimono por una yukata, la vista de ella sonriendo a través del
espejo se había desvanecido para dejarla postrada en el futon.
No había luz
encendida, ella estaba en la completa penumbra y sólo la luna iluminó el lugar
cuando él abrió la puerta.
—Kouji —giró
la cabeza y vio la silueta alta de él bañada por el brillo lunar. Y le sonrió.
Él corrió
dentro sin cerrar la puerta, arrodillándose a su lado mientras tiraba las
espadas a un lado, ya que no con el cuidado que tenía normalmente, sino con la
desesperación que bullía en su cuerpo.
—Intenté
venir más temprano, pero no podía pasar —su voz salió con un tono de disculpa y
arrepentimiento.
Él nunca
había renegado de ser de una clase menor a la de ella, pero ¿no sería más fácil
para ambos si estuviera a la altura? Podría impedir tantas cosas, incluso, que
ella estuviera sola.
—Está bien. Dormí
bastante —dijo quitándose la manta gruesa e intentando sentarse.
—No te
esfuerces —dijo él casi con la voz quebrada. Poco quedaba del guerrero frío y
estoico que todos conocían.
Ella no tenía
fuerzas para hacerlo por su cuenta, así que Kouji la ayudó a sentarse, apoyando
la espalda de ella contra su pecho.
Kouji intentó
mantener la compostura. Lo cierto es que él era conocido por ser apático a la
vida. No había nada que lo moviera, ni siquiera la guerra o la protección de su
propio señor. No. Él sólo era bueno en algo y había sido lo suficiente como
para mantenerlo ocupado, pero realmente, no sentía pasión por nada, como si
estuviera roto por dentro.
Hasta que la
conoció a ella y experimentó algo que no fuera simple apatía. Fue como si sus
emociones hubieran despertado sólo al verla y no antes. Se sentía increíblemente
descontrolado por ello. Él que nunca había experimentado nada, ahora tenía un
mar de emociones que no sabía identificar, que lo desesperaban y lo ponían
nervioso al pensar en la posibilidad de perderla.
—Me tendré
que ir antes —contó Hinagiku, cerrando los ojos mientras apoyaba la cabeza en
el pecho de él—. Padre dijo que iba a adelantar el viaje de compromiso… aunque
no creo que mi salud pueda aguantarlo.
—Nos iremos
antes —intervino Kouji rápido, con el corazón temblando de miedo e impotencia—.
Podemos buscar un mejor doctor, empezar de nuevo…
Ella le tapó
la boca con los dedos, evitando que él siguiera hablando.
—Si estuviera
sana, no dudaría en contigo. Pero sólo seré una carga para ti el poco tiempo
que me queda.
—¡Para nada!
—Kouji —le
dijo con una sonrisa, en voz suave, casi un susurro debido a la falta de
fuerzas que tenía—, sé que no me queda mucho y que sería una pérdida de tiempo buscar
otros médicos. Ya me han visto varios y todos están de acuerdo de que no viviré
más de unas pocas semanas.
—Hina…
—No quiero
casarme —soltó agarrando la mano de él.
Kouji se soltó
de ella en unos segundos y la aferró en un abrazo fuerte y desesperado. Los dedos
le temblaban de miedo, de dolor, de pura impotencia de no poder hacer nada por
la única mujer que amaba.
—Kouji… duele
—logró pronunciar ella y él, la separó un poco de sí mismo, saliendo de su
trance.
—Lo siento —dijo
peinándose el cabello con los dedos—. Yo… ¿qué quieres hacer?
—Dijiste en
una ocasión, que siempre volverías por mí porque era la única que podía matarte.
No necesito
que le dijera nada. Los ojos de Kouji se abrieron de par en par y en sus iris
rojos se podía ver un dolor palpables.
—Hina, no… no
haré algo así.
—Por favor —suplicó
ella.
El cuerpo de Hinagiku
estaba tan débil que ni siquiera podía levantarse de la cama ¿qué más le podía
esperar? Más ahora que con los preparativos para que saliera en tres días, iba
a haber mucha más gente cerca de ella… ¿cuándo iba a poder volver a verlo? ¿Lo
haría siquiera?
El rostro de
Kouji se empañó en lágrimas y ella, lo consoló, rodeándolo con sus brazos.
Ella se había
resignado a la muerte que rondaba cerca ya, pero si al menos, su vida no había
podido ser elegida por ella, al menos, este último momento, quería que fuera
suyo por completo. Sólo con él.
Kouji la besó
con el sabor de las lágrimas colándose en sus bocas hasta que la dejó sin
aliento.
—Hinagiku.
—Te amo,
Kouji —dijo ella sonriéndole.
Él volvió a
besarla, cerrando los ojos, sintiendo aún más perdido que antes. Él no la
amaba, lo que sentía era algo mucho más grande, fuerte e indefinible. En el
amor no cabía todo lo que sentía por Hinagiku.
—Lo haré.
Ella le
devolvió una sonrisa complacida.
Kouji la dejó
en el futon y encendió una lampara de aceite, tomando su tantou y volviendo a
sostenerla entre sus brazos. La miró una vez más mientras las lágrimas volvían a
empañar su rostro antes de clavar el filo en el pecho de ella.
—Gracias —susurró
mientras la sangre salía por sus labios y cerraba los ojos, para siempre.
Kouji lloró
abrazándola.
Arrojó el
arma hacia un lado y se levantó con el cuerpo de Hinagiku aun perdiendo sangre
y saliendo de la habitación.
Los rastros
de sangre quedaron en el suelo e iban marcando el camino hasta salir de la
vivienda.
Caminó con el
cuerpo de ella pegado al de él, cuidándola como si fuera su tesoro más
preciado, incluso, cuando había exhalado su último soplo de vida.
Al amanecer,
llegó a la orilla del mar. No estaban lejos realmente.
Kouji miró el
color sangriento del cielo y siguió avanzando hasta sumergirse por completo en
el agua y desaparecer en el horizonte.
******
Los televisores
de la vitrina sintonizaban el mismo canal donde él cantaba Bronze Junkyou. Se había
acostumbrado a ver su rostro en todos lados después de haber ganado bastante
fama. Aun así, sentía la misma apatía por la fama y los fans que siempre, como
si eso no fuera suficiente para estar vivo.
Ella, en
cambio, cada vez que veía a Kouji cantar, se quedaba un rato más disfrutando la
canción hasta que llegaba a su final.
Que sus caminos
se cruzaran era imposible, pero también, inevitable cuando se vieron por primera
vez en el parque, bajo un cielo rosado de atardecer. Y descubrieron, en ese momento,
que sus almas jamás iban a volver a estar separadas.

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