Soñando uno de tus sueños

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Autos


 

Autos

 

Trabajaba en el deshuesadero de su abuelo. Tenía una hectárea para la chatarra y una parte para su taller. Arreglaba autos, aunque más era lo que recibía y compraba como chatarra que los que podía salvar. Con la ayuda de Francis, su nieto mayor, había recuperado varios, algunos, por puro pasatiempo durante su adolescencia y al terminar el secundario, había decidido que quería tener su propio taller. Su abuelo, ni lento ni perezoso y con ese orgullo y afán de enseñarle todo lo que sabía sobre autos, decidió ponerle un buen reto. En la mañana, le habían llevado un Mustang Shelby del 67 del fondo del lago. Era un deshecho prácticamente. Estaba roto, oxidado y poco era lo que se podía recuperar de él, pero había visto el empeño de su nieto, así que pensaba que iba a conseguirlo.

—Si logras dejarlo andando, pondré tu nombre en la escritura del deshuesadero— le dijo colocando una mano sobre lo que había sido el cofre del auto.

Francis lo revisó de arriba abajo y le sonrió confiado estirando su mano para estrechar la de su abuelo.

—Ve llamando al escribano— le dijo confiado, buscando la caja de herramientas: era hora de comenzar a desarmarlo y rescatar lo que fuera rescatable y convertir en chatarra lo que no. Pero si de algo estaba seguro es de que él podría hacerlo.

Su abuelo lo miró con una sonrisa y se fue al tinglado detrás del taller. Tenía cosas qué hacer también.

******

Le llevó casi dos meses y medio repararlo. Maya iba seguido al taller a verlo al igual que Johann. Su madre se había marchado en un viaje de negocios, lo que se había vuelto una costumbre desde hacía un año exactamente, por lo que ella y Johann solían ir más seguido al deshuesadero.

No importaba si tenían la libertad de salir más tiempo o quedarse fuera de casa, era costumbre de ambos terminar juntos en el taller de Francis mientras arreglaba autos, incluso si era sólo sentarse en la mesa del taller a terminar sus tareas o a pasarle herramientas mientras Francis trabajaba.

—¿Ya vas a volver a almorzar con nosotros? —preguntó Maya sentándose sobre la caja de herramientas cerrada, dejándole a un lado la comida.

Fran aún estaba bajo el auto mientras Johann daba una vuelta buscando a su abuelo por allí.

—Creo que iré a cenar con ustedes en la noche —aseguró al salir y dejar la llave que estaba usando a un lado.

—¿Ya funciona bien? —pregunto emocionada.

Casi no habría visto a su hermano si no fuera porque volvía a casa a dormir y ella se encargaba de llevarle el almuerzo y la cena allí. Se la pasaba trabajando demasiado tiempo en el auto. Francis no desechaba un reto, así como así, especialmente, si era de su abuelo.

Francis había pasado un mes haciendo una limpieza profunda del auto antes de empezar a hacer las reparaciones correspondientes. La ventaja de tener un deshuesadero era que piezas no le hacían falta y fue armando su propio Frankenstein para lograr que el auto por fin, arrancara con un sonido ahogado.

—¿Quieres ir a probarlo? —preguntó limpiándose de las manos la grasa del auto.

Su hermana asintió entusiasmada. Se levantó de un brinco y recibió las llaves del auto. No tenía edad para conducir, así que saldrían a dar una vuelta donde nadie los viera que además, el auto tampoco tenía los registros, así que debían andar fuera de las calles transitadas. Tomaron el camino hacia el lago, una zona descampada y con poco tráfico salvo, el de cargo, así que les iría bien.

—Realmente eres un genio —dijo ella sonriente conduciendo.

—¿Alguna vez lo dudaste? —sonrió —. Baja un poco la velocidad.

—Lo intento, pero no puedo —dijo preocupada intentando maniobrar el auto.

Él intentó ayudar pero no hubo éxito, menos cuando los seguros se bajaron solos: estaban dentro. El volante se movía solo y la palanca de cambios igual. Estaban atrapados y Maya se estaba poniendo histérica ya.

Francis, por otro lado, intentó hacer algo para salir del auto. Forzó la puerta, golpeó los vidrios, pero nada funcionaba y estaban cerca de sumergirse en el lago. Si no hacían algo rápido, no iban a tener la suerte de volver a contar absolutamente nada, así que se apresuró a buscar algo dentro. En la guantera, en los asientos traseros y acabó por encontrar la llave que había dejado dentro, rompiendo el vidrio delantero para luego, quitar rápidamente los excesos y saltar por ahí con su hermana, acabando rodando por el suelo mientras el auto se hundía en el lago.

Agitados y sorprendidos, se miraron y volvieron a ver el lago, que burbujeaba hasta que simplemente, todo quedó tranquilo, sabiendo que el auto quedaría sepultado en el agua.

Conmocionados, llegaron al deshuesadero casi al atardecer, encontrándose a su hermano con una nota de su abuelo, preguntándole exactamente por qué había desaparecido sin si quiera despedirse. Francis no entendía nada de lo que decía Johann, así que simplemente, le quitó la nota sin responderle, leyéndola en voz alta con frustración:

Sospechaba que no habías podido ver que el auto estaba habitado por alguien. Era cuestión de que lo terminaras para que todo marchase. Y como puede ser peligroso, nos veremos en una semana.

Con cariño, el abuelo

Francis arrugó la nota.

—Maldito viejo, siempre nos hace lo mismo.

Francis entendía mucho más todo y ahora sabía por qué de todos los autos que le llegaban había decidido darle ese como un reto personal. Y es que no estaba poniendo en juego su habilidad para reparar un auto que era prácticamente, pura chatarra, estaba poniendo en juego sus habilidades como brujo que era.

Maya y Johann no tardaron en preguntarle qué era exactamente lo que pasaba, hasta que Johann advirtió que había dejado el auto encendido. Con pánico, voltearon a ver y allí estaba: el auto que se había ahogado en el lago, con los faros encendidos y el motor rugiendo como si fuera una bestia enojada.

Rápidamente, el mayor ordenó a sus hermanos correr a donde fuera, aunque no tenían mucho refugio allí, en realidad, no tenían un refugio que resistiera a la embestida de un auto. Al menos, no arriba.

Francis rápidamente, los hizo entrar al taller y les ordenó meterse debajo del Jeep Ford desarmado y abrir la escotilla. El único lugar seguro que tendrían para mantenerse a salvo hasta idear un plan sería el cuarto del pánico. Y rogaban que nadie llegase a buscarlos o iban a tener que empezar a cavar un pozo.

Casi por un segundo, Francis no logró entrar, logrando cerrar la escotilla a segundos antes de que el auto arrasará con el Jeep. Los ruidos del auto embistiendo todo en el taller se escucharon durante un buen rato debido a que la escotilla había quedado algo dañada después del impacto, pero estaban a salvo de que el auto pudiera embestirlos. Por ahora...

Intentando recobrar la calma, Maya encendió una luz y maldijo a su abuelo sin ningún tipo de decoro. Siempre que les intentaba dar una lección para poner a prueba a alguno de ellos, acababan igual: los tres metidos en un problema del que probablemente, un hueso roto fuera lo de menos. Así había sido cuando habían aprendido a matar hombres lobos, casi Johann acababa en el hospital o cuando les tocó pasar sus vacaciones en la playa y encontrarse con la sirena, donde Francis casi muere ahogado.

Y ella… las veces que… simplemente, no quería recordarlo, pero sabía que quería algo mucho: una familia normal. Sin fantasmas, sin posesiones, sin magia de ningún tipo, aunque su madre les decía siempre que eso era imposible porque la magia corría por sus venas y era cuestión de que supieran darle un buen uso nada más. Pero ella odiaba los buenos usos.

—Perfecto. Tenemos un auto poseído que quiere matarnos ¿Qué hacemos? —preguntó Johann intentando que eso sonara lo más natural posible, aunque era bien sabido que cualquiera que los escuchara pensaría que simplemente, estaban locos—. El abuelo te debe haber dado una pista para esto ¿no?

Francis caminó un poco por la habitación. Era pequeña, tres por tres, pero había lo necesario ahí. Libros, comida enlatada y en polvo y agua de sobra. Sin contar que tenían una selección de armas de todo tipo allí abajo. Y es que nadie sospecharía de un subsuelo en una deshuesadero, precisamente, había sido siempre el mejor escondite de su familia para todo: nadie sospecharía que hay basura en la basura.

—Me dijo algo: el lago. Ahí estaba hundido. Si encontramos el cuerpo del fantasma que se hundió en el auto, tendremos algo.

—¿Y cómo piensas salir de aquí? El Max cinco nos espera arriba y no tiene buen humor —se quejó Maya apoyándose contra la pared.

Se quedaron en silencio. Se habían arrinconado allí abajo y ahora, debían pensar cómo salir de allí y poder contarla para acabar con el espíritu. Pero Fran tenía una idea. Y si todo funcionaba, les daría tiempo para escapar al menos a ellos dos.

—¿Cómo vas con la telequinesis? —le preguntó Johann.

—Ni creas que puedo contener a un auto —respondió Francis sin creerse capaz de algo así—. Pero… el auto debe tener su punto débil. Si hay un espíritu poseyéndolo, necesita el auto completo. Por eso no pasó nada mientras lo arreglaba.

—¿Así que lo destruirás? —preguntó Maya sorprendida.

Después de verlo trabajar tan duro, adaptar piezas y pasar días concentrado sólo en el auto, se sentía mal de que terminara así.

—Lo reconstruiré cuando esté limpio. Ahora, la mejor forma de detenerlo rápido sería destruir las llantas de alguna manera. Si conseguimos eso, podremos evitar que siga avanzando.

—¿Y qué sugieres? No te veo con una bazooka destructora de autos —se quejó Johann

Francis suspiró y miró a Maya.

—Ah, no. No. A mí no me mires —dijo ella inquieta.

—Yo seré su distracción mientras tú quemas las llantas traseras. Eso lo haría perder tracción o directamente, clavarse al suelo —y luego, miró a Johann—. Tú, averigua sobre el cuerpo y quémalo.

Maya estaba negada a hacerlo. No quería hacerlo, aunque sabía que sus vidas dependían de ello. No le gustaba. Siempre pensaba que la mayor preocupación de una chica de su edad deberían ser sus exámenes, un novio o sus amigas ¡No un auto enloquecido por un fantasma!

—¿Cómo sabré cuál es el cuerpo? —preguntó Johann preparándose para correr fuera en cuanto terminaran de hacer su plan.

—Debe haber un informe policial al respecto —explicó Francis—. Consíguelo o consigue la noticia con el nombre del conductor. A estas alturas, debe estar enterrado en el cementerio.

Johann asintió, aunque ciertamente, no tenía idea de cómo hacerlo, ahora lo que menos tenía que preocuparle era eso, sino, como llegar vivo hasta la estación de policía o su casa para ponerse a investigar.

—Maya, saldré primero y me encargaré de distraerlo todo lo que pueda. Enfócate en las ruedas traseras —le pidió abriendo la escotilla del refugio.

Ella tragó saliva y vio a su hermano subir de nuevo hacia el taller. Las manos le transpiraban de los nervios. Pero al escuchar el grito de Francis dando luz verde, se apresuró hacia arriba y con las palmas abiertas, invocó el fuego que empezó a consumir las llantas.

—No se mueran hasta que regrese —dijo Johann corriendo hacia la puerta de entrada.

Ahora sólo les quedaba confiar en sus propias habilidades y sobrevivir el tiempo suficiente para que la magia y Dios los ayudara.

 

Reto:

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