Soñando uno de tus sueños

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La paz se parece mucho a ti


 

Cada vez que ella lo tocaba, se sentía un poco menos destrozado. Él no sabía lo que era la paz, pero estaba seguro de que debía parecerse mucho a ella. Era como la calma de un día soleado, con la misma calidez que sentía bajo los rayos del sol en un día otoñal. Era fresco, tibio y reconfortante, como si le apachurrara el corazón.

Takasugi nunca se había sentido así y ciertamente, le costaba admitir estos sentimientos. O cualquier sentimiento. Él no era bueno con las emociones y mucho menos, con las palabras. Cosas como esta ¿cómo podría expresarlas?

Aunque cada vez que la veía a ella, sentía que podía compartirlo todo y a veces, cuando las palabras salían, él lo hacía. Simplemente, le contaba lo que pasaba por su cabeza, porque lo que había en su corazón ni siquiera él lo entendía.

Riho era todo lo contrario a él. Ella nunca dudaba en decirle cuánto lo quería, si estaba pensando en la forma de una nube o en que una fruta tenía un olor agradable, incluso, si el color de sus uñas era lo suficientemente bonito para combinar con su piel. Ella podía hablar de cosas tan interesantes como profundas y de repente, cambiar a algo tan banal y cotidiano que pasaría a olvidarlo con la misma rapidez con la que lo había pensado. Y ciertamente, le daba un poco de envidia esa liviandad para compartir todo.

Ni siquiera de niño recordaba haber tenido algo así. Su familia era muy estricta e incluso, las veces que contradecía a sus padres, acababa castigado. Y eso fue moldeando su carácter para guardarse la mayoría de las cosas que pensaba sólo para él mismo. Con el tiempo, guardar silencio se volvió tan natural como vivir con una herida abierta.

—¡Shin-chan! ¿Quieres fresas? —dijo Riho entrando a la habitación con un cuenco con fresas frescas—. No sólo están ricas, sino que son de un rojo brillante. Mira —dijo poniéndola frente a él—. Me gusta. Quisiera un lápiz labial con ese color. ¿Quieres probarlas? Están mejores de los que se ven —se sentó al lado de él y se acomodó en el brazo derecho de Takasugi y de repente, se irguió antes de comer la fresa—. ¡Mejor crepes! —Riho se levantó del asiento con la misma soltura con la que entró—. Volveré en el rato. No te atrevas a salir sin probar mis crepes —lo señaló con el dedo índice y tras ello, salió de la habitación.

Así, con la misma espontaneidad con la que había llegado a interrumpir su calma, llegó y se fue.

Takasugi la miró serio un momento, observando su larga cabellera perderse tras la puerta y luego, dibujó una sonrisa cálida en su rostro.

Al final, disfrutaba su rara normalidad. Miró el cuenco con fresas y tomó uno. Él no era así de espontaneo para comunicarse, pero estaba seguro de que siempre querría que ella entrara a interrumpir su monotonía y a teñirla con su parloteo para hacerla más agradable, cálida y pacífica.

Lo sabía. Si había algo parecido a la paz en su vida, era ella.

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