Payaso
Soy un inútil. Un cantante sin voz
¿qué utilidad tiene?
Padre ha muerto. No recuerdo ni una
sola cosa buena de él. Su sonrisa… pero papá no sonreía. Él era serio, severo y
tenía un tono de voz monótono… la mirada vacía. Una cáscara que tenía vida. No,
padre sólo respiraba.
Los ojos me pesan un montón y no
recuerdo nada desde que llegué. Iba a tomar mi lugar, el que deseché antes como
líder del doujo. Ahora parece que es lo único que puedo hacer.
¿Ya has llegado a Italia? ¿Dónde
está Shibuya?
Tengo sed y no puedo levantarme. Mi
cuerpo se siente como una piedra. ¡Alguien! Quien sea, me dé un poco de agua.
—Está despertando —dice alguien.
Suena familiar ¿quién eres? Necesito
saber quién eres ¿por qué no puedo verte bien? Mi vista nunca ha sido buena,
especialmente de mi ojo derecho, pero ahora… no distingo nada, sólo siluetas.
¿Qué me está pasando?
Alguien me levanta la cabeza y
acerca el vidrio frío a mi cabeza. Es agua. Me cuesta tragar, siento cómo me
voy mojando por el agua que se escapa de mi boca. ¿Dónde estoy? ¿Por qué no
estás aquí, Takuto? Este no es tu toque. No lo es ¿quién eres?
Me siento tan cansado…
******
No sé cuánto tiempo ha pasado. Me
siento tan mal. Me pesa el cuerpo, ya no es sólo mi voz la que no sale, ahora
es todo es mi cuerpo el que no responde. Es como si estuviera condenado a esta cama.
Shibuya ¿Dónde estás? Quiero
preguntarte de Takuto, cómo está. ¿Ya ha triunfado en el futbol italiano? Sé
que el es capaz de hacerlo. Él sólo podría cargar un partido sin problemas. El
Takahamadai debe estar en problemas sin él.
Te extraño.
Y no puedo moverme. No puedo
buscarte.
Quiero ir a Italia.
—Odio como me mira.
Conozco esa voz… suena como Akihito,
mi medio hermano menor. Hirose…
¿Son ellos? ¿Qué está pasando desde
que me encuentro aquí?
No. Mi vista se ha oscurecido por
completo.
—Véndalo. No quiero que me mire.
No puedo replicar. Era uno de los
pocos contactos que tenía con el mundo.
Me dan agua. Me pesan los párpados
de nuevo.
******
Estoy cansado de estar aquí. Creí
que iba a lograr algo siendo el líder del doujo. Fui un payaso. Lo soy,
pensando que había lugar para mí en este mundo. Sólo soy un cantante sin voz.
Si tan solo pudiera verte una vez
más.
—¡Kouji!
Reconozco esa voz ¿Cómo podría
olvidarla?
¡Aquí estoy! Quiero gritar. ¡Aquí
estoy!
—¡Kouji! ¡¿Dónde carajos lo tienen?!
¡Kouji!
Su grito desesperado resuena en
pasillo. Estoy aquí, Takuto.
¡Estoy aquí!
Azota las puertas y sigue gritando.
Está cerca. Lo puedo sentir.
—¡Kouji!
Al fin, llegó. Quiero correr hacia
él. Quiero abrazarlo. Responde, cuerpo, responde.
Siento un golpe en el suelo, me
quita la manta del futon y me toma la mano.
—Estás tan… —su voz suena como si
fuera a llorar, está quebrándose.
¿Estoy tan qué? Dime, ¿Tan qué? ¿En
qué estado estoy? Quiero verme. Al menos, dímelo.
Pasa mis brazos por su cuello y me
levanta. Soy un muñeco en sus brazos. Quiero moverme. Necesito moverme.
—No volverás aquí nunca más —me dice
mientras me lleva.
Corre, el sonido de sus pasos hace
eco en mis oídos hasta que salimos.
—Arranca, Shibuya.
Grita y el sonido del motor suena.
Nos metemos en el auto. Él me acomoda en el asiento y comenzamos a movernos.
Estoy llorando. Me quita la venda de
los ojos, pero aún no puedo verlo bien. Es tan borroso todo. Quiero abrazarlo.
Pero es él quién me abraza.
—Kouji. Maldito bastardo, no sabes
lo mal que la pasé. Mierda. Lo pasamos —se corrige— encima lloras en frente mío.
—Parece que lo drogaron.
Tienes razón. Shibuya, tú siempre
tienes razón, aunque yo nunca te haga caso. Toda mi vida he sabido cuál era el
camino correcto gracias a ti, pero nunca lo seguí.
Tampoco creo que pueda hacerlo. Sé
que no podré cumplirlo.
Llegamos a casa. Takuto me sacó del
auto y entramos a la casa. La luz me ha cegado y he tenido que cerrar los ojos
hasta acostumbrarme.
—Traeré un médico —dijo Shibuya
antes de marcharse. El sonido del auto se alejó hasta perderse y finalmente,
llegamos a la habitación.
La cama se siente cómoda, mucho más
cómoda que en la que he estado en todos estos días. ¿Cuánto estuve en la casa?
Quiero preguntarle, pero no puedo. Apenas mi cuerpo empieza a acostumbrarse al
movimiento una vez más.
Takuto es diligente conmigo. Me
recuerda al día que nos conocimos, aunque te ves diferente desde entonces.
Pones las manos en mis hombros y me
empujas para acostarme en la cama.
Quiero estar cerca de ti. No me
dejes ahora. ¡Hay tanto que debo preguntar! ¿Por qué no te fuiste? ¿Por qué me
salvaste? ¿Por qué estás aquí y no allá?
Te agarro de la mano, es mi primer
movimiento voluntario desde hace mucho tiempo. ¿Seré capaz? Dibujo en tu palma
“Por qué…” y quitas la mano.
—Debes descansar.
¡No quiero! Llevo durmiendo más
tiempo del que puedes imaginar ¿Y si estabas esperando este momento para irte?
Te veo alejarte hacia la puerta y me desespero. Intento alcanzarte, pero me he
confiado por el triunfo de mi mano y terminó cayendo al suelo. Ni siquiera
tengo fuerzas para quitarme el cabello y ponerme de rodillas.
—¡Pero mira…! —Corres hacia mí y te
contienes de decir una grosería, lo sé por la forma en que has arrastrado esa
sílaba final—. Solo descansa. No sabes lo difícil…
Ahora vuelve a callar mientras me
ayuda a levantar. Puedo ver el sufrimiento en tu mirada.
Sólo quiero sostenerlo y que no se
vaya más. ¿Cómo lo hago? Mis músculos están entumecidos y apenas me responden.
Aunque los obligue a moverse, es como si no fueran capaces de reaccionar.
Por favor, sólo abrázame.
Cierro los ojos y siento que me caen
lagrimas por las mejillas y Takuto al fin, me abraza, tan fuerte y tan cálido
como lo recordaba. Cómo me gustaría poder corresponderlo. Pero mientras su
cuerpo siga junto al mío, siento que puedo superar cualquier cosa.
Sólo así, fúndete en mí sólo por
esta vez, hasta que pueda reaccionar y despertar de esta pesadilla. Hasta que
juntos, podamos salir de todo esto y nunca más te pueda soltar. Nunca… más…

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