Mejor que un perro
Llevaba una hora mirando la correa en su mano, nerviosa; terminó de morderse la uña del pulgar hasta romperla por completo. No podía ser ruidosa al respecto o sabrían lo que había hecho, así que debía buscar la forma de encontrarlo sin que sus curiosos vecinos se enteraran… y no era nada fácil.
La puerta se abrió y, al ver al musculoso hombre que entraba a la casa, su rostro se iluminó con tal rapidez que incluso Toji se sintió feliz de verla, creyendo que era solo por él… qué equivocado estaba.
—¡Qué bueno que llegaste! —dijo entusiasta y antes de que se sacara los zapatos, lo agarró de la mano y lo arrastró fuera de la casa— ¡Huele esto y sigue el rastro! —le ordenó estirando sus manos con la correa hacia la nariz de Toji.
—¡¿Qué carajos?! Mujer —dijo con una mueca, visiblemente molesto—. ¿Acaso me has visto cara de perro o qué? —. Tan pronto como dijo eso, un tic apareció en su ceja derecha mientras torcía el gesto de manera temeraria. Ni eso fue suficiente para detener a Aiya.
—¡Dijiste que tienes un olfato superior al de los perros! Ahora, encuéntralo —insistió levantando la correa de nuevo.
Él, que solo iba a pasar la noche con Aiya, no estaba de humor para salir en busca de un can, menos cuando lo trataban de tal forma.
—Vendré otro día —respondió dándose la vuelta para marcharse.
Aiya, que no estaba dispuesta a perder su única oportunidad de recuperar al animal en una pieza, no lo pensó dos veces: corrió hacia él y saltó sobre su ancha espalda. Toji ni siquiera se inmutó al sentir el peso, pero le estaba molestando.
—Pequeña puta —la insultó mirándola por sobre el hombro, enojado.
—Tu abuela.
—También —respondió él, sin que el insulto lo afectara en lo absoluto.
No cedía fácilmente ante nadie, aunque tenía cierta debilidad por las mujeres, especialmente por aquella que solía frecuentar más seguido. Pero no era su día.
—No te vas a ir de aquí hasta que me ayudes —sentenció ella apretando sus brazos alrededor del cuello de Toji. Aunque su fuerza no era nada para él, resultaba incómodo que creyera que iba a ceder por eso.
—¿O qué? —la desafió sujetando las piernas que se enredaban en su cintura.
—No te volverás a quedar conmigo. Ni una sola vez.
—¿Me vas a cambiar por un pulgoso callejero? —preguntó ofendido.
—Tú también eres un pulgoso callejero —se burló ella—. Vamos, te haré hígado encebollado.
Eso captó la atención de Toji. Él se detuvo en seco y el tic de su ceja desapareció, reemplazado por un brillo de interés casi animal. Un rugido profundo emanó de su estómago, tan fuerte que Aiya pudo sentir la vibración contra su espalda. Toji tragó saliva, visualizando el plato humeante y el olor de la cebolla caramelizada.
—¿Es un trato?
Aiya asintió determinada. Entonces, vio la sonrisa de Toji curvarse hasta formar hoyuelos en sus mejillas.
—Sujétate fuerte —dijo apretando las manos en las piernas de la mujer.
Aiya no tuvo tiempo ni de preguntar por qué. Toji salió disparado como un proyectil. El tirón inicial fue tan brusco que el cuello de Aiya dio un latigazo y sus dientes chocaron entre sí con un "clac" seco.
Para Toji era un trote ligero, pero para ella el mundo se convirtió en un túnel de luces borrosas y viento cortante que le impedía respirar. Intentó gritarle que bajara la velocidad, pero la presión del aire le pegaba los labios a los dientes y solo pudo emitir un sonido ahogado mientras se aferraba a sus hombros como si le fuera la vida en ello. Cuando finalmente se detuvieron, Aiya sentía que su peinado se había quedado tres calles atrás.
En menos de un minuto, habían avanzado ya ocho calles.
Le costó poco a Toji dar con el perro. Su olfato era uno de sus puntos fuertes, aunque esta era la primera vez que lo usaba de esa manera. Toji solía rastrear hechiceros o maldiciones; esconderse de él era imposible. Pero ahora... ahora era un simple buscador de mascotas.
Aiya casi se arrepentía de haberle pedido ayuda.
—Ahí está tu saco de pulgas —señaló soltando sus piernas para que bajara.
—De verdad eres mejor que un perro —dijo ella asombrada.
El perro que estaba acurrucado debajo de un banco estaba tranquilo. Aiya se dejó caer al suelo y pensó en atrapar al can. Y quizá, llegar a encontrarlo fue la parte más sencilla que, en cuanto la vio, el perro salió corriendo de nuevo.
—Dame eso —dijo Toji quitándole la correa y haciéndola girar en el aire, como solía hacer con sus cadenas en batalla. Parecía que iba a enlazar al perro a la distancia.
—¡No! —gritó ella colgándose del brazo de Toji evitando que hiciera una estupidez. Sabía que ser cuidadoso no era su punto fuerte, era torpe para esas cosas —. Necesito al perro en una sola pieza.
Él suspiró con desgano al ver que sus métodos eran descartados, le devolvió la correa y metió las manos en los bolsillos. El animal estaba quieto, pero si se acercaban, escaparía.
—¿Y entonces qué?
Aunque podría pedirle a Toji que lo atrapara… ¿sería bueno para el perro? Aiya dudó mordiéndose el labio y luego, volvió a masticar sus uñas de los nervios. Pensó que debió traer alguna golosina para atraer al perro, pero todo había pasado tan rápido desde que Toji accedió que no le dio tiempo a pensar en ello.
—Bueno, terminemos esto pronto —dijo Toji haciendo crujir su cuello—. Quiero ir a cenar.
—¿Qué vas a hacer?
Toji le sonrió de tal manera que la hizo temblar y luego, lo vio desaparecer en frente de ella, tan rápido como cuando salieron del palier del edificio. Al mirar al frente, vio que el hombre levantaba al perro por la cola mientras este sacudía las patas en el aire. El perro dio un par de quejidos aun de cabeza y al verlo. Aiya corrió hacia él y rescató al pobre animal, poniéndole la correa de nuevo.
La expresión de alivio en la cara de la mujer causó una sonrisa en él y sin dar más vueltas, se dirigieron de nuevo a la casa de Aiya, esta vez, dejando al perro dentro del canil hasta que llegara su dueña, quien no debería tardar.
Toji se sentó en el suelo, apoyando su espalda en el sillón mientras la veía preocupada por el perro. Aún no entendía cómo es que había terminado enredada en todo eso y cuando fue a preguntar, ella llegó y se sentó a su lado, dándole un beso en la mejilla. Luego, apoyó la cabeza en su brazo y lo uso a modo de almohada.
—Gracias. Sin ti no sé qué habría hecho. Hirakawa-san me habría cantado las cuarenta si no lo encontraba.
—¿La misma que me llama delincuente? —preguntó Toji. La vecina no estaba equivocada, pero aun así le molestaba.
Aiya asintió.
—Con razón se quiere ir —agregó mirando al perro dentro del canil.
—Sé bueno y si llega a venir, entrégale al perro —dijo ella poniéndose en pie.
—¿Me dejas a cargo del pulgoso? —señaló al perro.
—¿Prefieres ir de compras?
Toji ladeó la cabeza sopesando cuál era mejor de los dos. Lo cierto es que no tenía mucha idea de cómo hacer las compras para una cena, él apenas sabía cocinar algo y mucho menos, sabía comprarlo.
Aiya salió de la casa después de agarrar su bolso y dejó a Toji a cargo de todo. No parecía algo que se le diera bien: mirar al perro y hacerse cargo de otro ser viviente no era su fuerte. Pero intentó hacer lo mejor posible hasta que el timbre sonó.
Toji se levantó del suelo, caminó hasta la puerta y la abrió, encontrándose a Hirakawa-san. Él suspiró, pero una sonrisa estiró la cicatriz de su labio al ver a la anciana poner cara de espanto.
—¿Dónde está Aiya? —preguntó Hirakawa-san, estirando el cuello para mirar hacia adentro.
—Salió —respondió él sin darle importancia.
Eso solo sirvió para que la anciana se sintiera más nerviosa y enojada.
—¡¿Y Aiya dejó a mi bebé con un delincuente?! —exclamó.
—¿A quién le dice delincuente, vieja? Ahí está su pulgoso —dijo Toji, haciéndose a un lado y señalando el canil en la sala.
El perro lucía asustado y en cuanto vio a la señora, empezó a llorar y gimotear, moviéndose dentro del canil, ansioso.
El perro lucía aterrado. En cuanto vio a la señora, empezó a llorar y a gimotear, moviéndose ansioso dentro de la jaula.
—¡¿Qué le hizo para que se ponga así?! —chilló ella con histeria.
—Solo lo agarré de la cola cuando intentó escapar —respondió él como si nada.
Toji se cruzó de brazos, apoyado en el umbral. Realmente odiaba interactuar con esa mujer; siempre lo miraba y lo trataba mal. La anciana se quedó hablándole con dulzura al perrito y luego se volvió para soltarle una sarta de improperios a Toji. Agregó que se encargaría de que no volviera a entrar al edificio, que era una mala influencia y un peligro para la "gente buena".
A Toji no le importó. Apenas la anciana cruzó el umbral con su perro, él cerró la puerta sin terminar de escucharla. Se rascó la nuca y volvió a sentarse en el suelo a mirar la tele.
Media hora después, Aiya regresó con las compras y fue directo a la cocina al notar que el perro ya no estaba.
—Aiya —la llamó Toji. Ella se asomó por el umbral con un vaso en la mano.
—Este barrio no es bueno —le dijo de la forma más sutil que pudo.
Vio a la mujer apretar el vaso con tanta fuerza que estuvo a punto de reventarlo, sabiendo perfectamente lo que eso significaba. Toji tragó saliva; sabía que no le iba a ir bien el resto de la noche.


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